D. Randy Brunello

D. Randy Brunello, argentino, 42 años, casado, 8 hijos.
 Voluntario de la Fundación Prodein,
encargado de los Medios de Comunicación en Chile

Háblenos un poco de su infancia, su vocación al matrimonio, sus hijos…
Nací en Buenos Aires, Argentina, en donde transcurrió mi infancia. Desde pequeño tuve ya devoción a Nuestra Señora de Luján, aunque no sabía todavía la importancia que iba a tener en mi vida. Sin duda, la Virgen me puso en el camino a la persona que había de ser mi esposa. Tras verla por primera vez le dije a mi prima que había conocido a la mujer con la que me iba a casar, a la madre de mis hijos. La Virgen se encargó que fuese así, pero con la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Actualmente llevamos varios años casados y tenemos ocho hijos y cinco que nos están esperando en el cielo.

¿Cuál era su profesión antes de consagrarse al Señor como laico misionero?

Era vendedor de telas. Trabajaba en la principal empresa de tejido sintético de Argentina. Era una empresa muy grande en donde mi suegro era el gerente, el jefe de ventas.

¿Cómo conoció la Fundación Prodein?
A través de una parroquia que estaba muy cerca de la casa en donde vivía mi esposa cuando era soltera. Conocimos esa parroquia a raíz de un problema que tuvo un hermano de ella. El Señor se encargó de utilizar esta circunstancia para guiarnos allá. Estuvimos hablando con el P. Natalio Gómez, L.D. – Sacerdote de la Unión Lumen Dei), que fue nuestro primer Padre espiritual. Nos agradó ver a un sacerdote con sotana y con un crucifijo en el pecho. El Padre nos invitó al hermano de mi esposa y a mí a hacer unos Ejercicios Espirituales bajo el método de San Ignacio de Loyola, en silencio. A través de estos Ejercicios conocimos con más profundidad la espiritualidad de Lumen Dei y lo que realmente era la obra. Nos enteramos con mucho agrado de que no sólo era un movimiento de sacerdotes y religiosas, sino que también contaba con laicos consagrados.

¿Qué pasó a partir de ese momento?
A partir de ahí comenzó a surgir esa lucecita, todavía tenue, que indicaba que el Señor nos llamaba a un camino de más entrega. Especialmente me impactaron dos cosas: Por un lado, que el sacerdote que impartió los ejercicios, el Padre Natalio, vivía lo que predicaba. Tenía un gran espíritu de oración, de mortificación… realmente hacía carne lo que Cristo predicó y, por otro lado, me impactó el saber que yo también podía vivir así el Evangelio y que estaba llamado a ello. Fue para mí un descubrimiento: los laicos estamos también llamados a la santidad. Me convencí de que ser católico no significa sólo ir a Misa los domingos y confesarse cada cierto tiempo, sino vivir una vida de más entrega.

¿Qué supuso para usted poder conocer al P. Molina?
Fue una de las cosas más grandes que me han sucedido en la vida. El Padre fue el gestor, el instrumento que utilizó el Señor para acabar de afianzar mi vocación. Después de unos Ejercicios Espirituales me recibió el Padre Molina. Empezó a hablar conmigo y parecía como si me conociese de toda la vida, como si me leyese la conciencia y mi alma estuviese transparente ante él.

¿Qué consejos le dio en ese momento?

Me dijo que no me desanimase si quería ser santo, a pesar de cómo yo me veía en ese momento. En el transcurso de la conversación me invitó a ir a conocer la misión de Cuzco. Tanto el hermano de mi esposa como un servidor estábamos ya decididos, aunque nuestras esposas no del todo. Al final dimos el paso y fue una alegría comprobar que nosotros también podíamos ayudar a nuestros hermanos necesitados, a los machacados.

¿Cuesta mucho dejar un buen puesto laboral para seguir la llamada de Dios e irse las Misiones?
Claro que cuesta. Antes de tomar la decisión definitiva surgen varios interrogantes y el mismo demonio se encarga de que se haga más difícil la decisión. A la que más le costó fue a mi esposa, aunque una vez que tomamos la decisión, ya no hubo dudas. A partir de ese momento estuvimos decididos a todo, a quitar todo obstáculo del camino que nos impidiese seguir el llamado de Dios. Aunque para mi esposa supuso un sacrificio decírselo a sus padres, hasta tal punto que llegó a tener hasta 42 grados de fiebre porque sabía que ellos se iban a poner muy tristes.

¿Qué es un laico consagrado?
Nuestro Señor Jesucristo no llamó a la perfección solamente a los apóstoles, sino a todo el mundo. Es verdad que a unos les llamó a una mayor perfección a través de la vida religiosa, que no es para todos, sólo para los que puedan con ello. El laico consagrado trata de poner toda su existencia en las manos de Santa María para que ellas nos ponga en las de Jesús.

¿Nos podría hablar de la vocación del laico en la Iglesia?
El laico está llamado a servir. Yo formo parte de una comunidad matrimonial y mi servicio es completo. Estoy entregado al Señor día a día, hora tras hora. Esto es una gran gracia, pero también puede haber otros niveles de entrega. Hay laicos consagrados que viven en sus casas y que tienen el compromiso de entregar parte de su tiempo. En cualquier caso ( ) forman también parte de esta familia recibiendo una formación espiritual y orientando su vida en función del Evangelio.

¿Merece la pena dejarlo todo por seguir a Cristo?
Ya lo creo, yo no sólo he percibido el ciento por uno, sino el mil por uno. Pero hay que aclarar que Jesús nos prometió esto, pero con persecuciones. No quita el Señor las cruces. Hemos tenido que pasar el mal trago de perder cinco de los embarazos de mi esposa. Yo animaría a todos los matrimonios que lean esta entrevista -y tengan inquietud misionera- a que se entreguen; que, como decía Juan Pablo II, no tengan miedo a comprometerse, a remar mar adentro, a echar las redes. Dejarlo todo por Cristo siempre vale la pena. Dejé en el mundo a mi madre y a mi hermana, a mis suegros, pero nos hemos encontrado con una familia numerosa en el espíritu. Además tanto mi madre como mi hermana se acabaron también integrando a Lumen Dei. La vocación misionera es algo contagioso gracias a Dios.

¿Qué experiencias les han impactado más en su vida de misioneros laicos?

Nuestra experiencia cumbre fue el paso por el Cuzco (Perú). No sé qué tiene el Cuzco que roba los corazones de todos los que van allí. En esa zona tan bonita del planeta pasamos los once primeros años de misioneros. Dentro de la miseria material del pueblo quechua me llamó la atención la sencillez, la gran humildad de estas personas que carecen de todo. Lo que más impresiona es ver a los niños pobres corriendo a toda velocidad para recibir un simple caramelo del misionero. Ellos saben ser agradecidos.
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